El tambor de hojalata (extracto)

Naturalmente, el Señor no pronunció palabra alguna. Además tampoco era el reloj lo que estaba estropeado, sino que solo se había roto el vidrio. Pero la relación entre los adultos y sus relojes es sumamente singular y, además, infantil en un sentido en el que yo nunca lo he sido. Tal vez el reloj sea, en efecto, la realización más extraordinaria de los adultos. Pero sea ello como quiera, es lo cierto que los adultos, en la misma medida en que pueden ser creadores -y con aplicación, ambición y suerte lo son sin duda-, se convierten inmediatamente después de la creación en criaturas de sus propias invenciones sensacionales.

Por otra parte, el reloj no es nada sin el adulto. Él es, en efecto, quien le da cuerda, lo adelanta o lo atrasa, lo lleva al relojero para que lo limpie y en su caso lo repare. Y es que, lo mismo que el canto del cuclillo cuando parece durar menos de lo debido, y que en el salero que se vuelca, en las arañas por la mañana, en el gato negro que nos sale al encuentro por la izquierda, en el retrato al óleo del tío que se cae de la pared porque el clavo se aflojó al hacer la limpieza, los adultos ven también en el espejo, en el reloj y detrás del reloj mucho más de lo que éste representa en realidad.

─Günter Grass